Por Iris Pereyra de Avellaneda / Ana Bragaccini
Una madre cuyo hijo fue desaparecido por la dictadura y la hija de un represor/genocida se encuentran a 50 años del golpe para, escribir juntas, una nueva historia.
Hace aproximadamente un mes, mi amiga Marcela volvió a contactarme y me dijo: .-Tengo una amiga que quiero mucho, es muy buena persona y quiere conocerte, es la hija de uno de los secuestradores de tu hijo.
El nombre que escuché me estremeció: Miguel Ángel Arévalo Clodoveo. Entonces recordé un episodio que había quedado archivado en mi memoria durante años. En 1976, cuando vivía en Munro, alguien deslizó un sobre anónimo por debajo de la puerta de mi casa. Dentro había una hoja escrita a máquina:
«Sra. de Avellaneda, si usted quiere saber quién asesinó a su hijo, vaya a la Municipalidad de Vicente López. Allí funciona el Centro de Operativos Tácticos. Ahí están Arévalo, Gómez y Méndez. Una hija de ellos trabaja en esa municipalidad.»
Era peligroso investigar en ese momento. Mi cuñada Margarita guardó el sobre. Cuando recuperé la libertad, en 1978, lo rescaté. Aunque un anónimo no tiene validez probatoria lo presenté, años después, ante la Justicia cuando declaré en el juicio.
El 14 de febrero, por la mañana mi amiga me avisó que a las 17.30 pasarían por mi casa. Las esperé. Llegaron Marcela, Mirta —la hija de Arévalo— y su hijo Santiago. Mi hijo Marcos me acompañó.
Apenas entró, Mirta me abrazó y rompió en llanto. No podía hablar. Su hijo tampoco. Nos sentamos y entre mate y mate le pedí que me narrara su historia.
Contó que tenía cinco años cuando su padre murió en un accidente de avión durante la guerra de Guerra de las Malvinas en 1982. Era muy pequeña. Pero cuando tenía once o doce años comenzó a investigar quién había sido realmente su padre.

En ese proceso supo que planeaban homenajearlo como “Héroe de Malvinas”. Fue entonces cuando una amiga le dijo una frase que la marcó para siempre:
—No pueden homenajearlo. Tu padre es un asesino. Secuestró a los Avellaneda.
A partir de allí, comenzó su propio camino de revisión y repudio.
Su hijo Santiago también habló. Contó que cuando se mudaron a Escobar se inscribió en la Escuela Secundaria Nº 27 “Floreal Avellaneda”—nombre que pronunció con orgullo— y dijo que en esa institución comprendió el verdadero sentido de los Derechos Humanos. Ese proceso lo llevó a decidir estudiar abogacía.
En un gesto que me conmovió profundamente, sacó de su mochila el certificado original de estudios y me lo regaló. Para mí fue un acto de honestidad, desprendimiento y respeto.
Las lágrimas fueron compartidas. Mi hijo y yo sentimos un nudo en la garganta. A 50 años del golpe cívico-militar-eclesiástico, ese encuentro fue, para mí, un orgullo y una reparación.
Mirta me dijo que había querido conocerme para pedirme perdón. Le respondí que no debía hacerse responsable por los actos de su padre. Nadie elige el lugar donde nace ni la historia que le antecede. Sentí que esas dos personas cargaban una mochila pesada. Ese 14 de febrero la dejaron, simbólicamente, en las sillas de mi casa. Fue reparador para mí, pero creo que para ellos lo fue aún más: pudieron hablar y se aliviaron.
Al día siguiente le envié un mensaje agradeciendo su honradez y sinceridad. Le pedí que no se olvidaran del Negrito Avellaneda. Me respondió que estaba feliz de haberme conocido, que veía en mí a una persona sin odio y que me quedara tranquila: no se olvidarían del Negrito ni de los 30.000.
Así terminó esta pequeña gran historia de vida. Para mí otra batalla ganada.
Iris Pereyra de Avellaneda
Ex secuestrada/desaparecida de la última dictadura cívico, militar eclesiástica- Argentina –
Presidenta de la Asociación de Sobrevivientes
Familiares y compañeres de Campo de Mayo.
Presidenta de La Liga Argentina por los Derechos Humanos.
Fuente:
https://www.ligaporlosddhh.com/post/iris-pereyra-trayectoria-de-una-luchadora-por-los-derechos-humanos






