Por Gustavo Zapata*
Uno busca lleno de esperanzas en el arte, verdades (¿divinas?), caminos que los sueños prometieron a sus ansias. Ventajas de vivir en el siglo XXI es poder descubrir los breves milagros de la creación humana en el mundo.
Las manos sobre el piano de Khatia Buniatishvili. Los sabios silencios entre cuerdas de Juan Falú. La voz de una georgiana joven como Jaklin Baghdasaryan, arrullando a su amado Ararat.
Mis hijas me hicieron descubrir a un pibe de Morón. Cuando lo mencionaban en la televisión abierta, crisol de basura con marca de época, la que educa a mis vecinos y vecinas, por ejemplo, en mitologías formato Magneto, desconfié.
Pero escuchar su canción NIÑO, fue una revelación mágica. Ya empezar con un chamamé te desconcierta. Pasar en seguida a la letanía más cercana de un ritmo presente. Lo que oíamos en la infancia era un lamento de la patria chica perdida y el pasaje nos desarma.
Una pequeña y dolorosa historia del conurbano, de esas que podes ver en una esquina de mi barrio, cantada con la tristeza asumida de un protagonista. Esa es la voz de nuestro tiempo. Una que es capaz de traducir la tragedia diaria de los morochos y morochas, de sus madres, sus padres y sus familias en esta frontera oeste conurbana.
Hace unos días pensaba en Martín Fierro/José Hernández y su periplo de regreso al pago. A una tapera abandonada y su familia desperdigada por la injusticia vital de un tiempo gobernado por canallas.
Hoy, viendo a una mujer durmiendo con su hijo a la intemperie bajo un arbolito al costado de la vía del San Martín, se me subió la sangre a la cabeza mientras contemplaba la inmensa indiferencia de pasajeros del tren en que iba, quienes flotan a pocos centímetros de ese destino.
Y volví a Milo J y su inmensa ternura al describir cómo se vive y muere en este desamparo llamado Argentina. Y volví a amar esa voz calmada y sufriente, capaz de darle color sangre y piedad a estos días.
Hay quienes se juntan en un estadio para comprobar que no están ni solas ni solos tras el tsunami que arrasa todo. Unen sus canciones hechas con la rebeldía festiva de un jingle y bailan para exorcizar la malaria abatida sobre el colectivo. Y está muy bien.
Mis compañeras y compañeros con sus banderas y pecheras ocupan la calle para abrazar a la distancia a un pueblo cuyo líder es secuestrado por la desesperación de quienes ven que el mundo va dejando de pertenecerles en exclusiva. 80 muertos por una ordalía tecnológica más la vida de 32 patriotas internacionalistas cubanos. De esos que se criaron alzando la voz al decir “Seremos como el Che” y lo fueron. Y eso es impecablemente humano y correcto.
Pero veo en Milo J un atisbo de lo que más necesitamos: quien interprete esas historias chiquitas que en su entramado hacen la grande. Que sea capaz de pintar una acuarela de belleza y humildad con los que se quedan afuera, no digo ya del country sino del trabajo formal, de la casa de material y de la seguridad de las cámaras blancas. Los del otro lado de la cerca eléctrica de nuestro temeroso medio pelo, del caño de la 9 mm de nuestra eficiente policía.

Un pibe de 19 años es capaz de entenderlo, metabolizarlo y generar arte donde no pueden quienes ostentan espíritu supremacista ilustrado o meramente bruto por mercachifle y quienes necesitan siempre sentirse superiores. Ellos y ellas no lo entenderán y el desdén será su mueca de paso. No saben de piedad.
No te conozco Milo. Y me propongo hacerlo para abrazarte en cuanto lo haga. Y yo, que soy nadie, especialmente voy a agradecerte que una vez más me hayas hecho subir la vista de la propia pena patria para mirar eso que vos decís y sentís. Eso que nos hace más humanas, más humanos y mejores personas.
*Gustavo Zapata
Secretario General de CTA
Morón –Hurlingam -Ituzaingó
NIÑO – https://www.youtube.com/watch?v=Lg2UXs9SDx4
Redes sociales Milo J.
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Gracias por su comentario. Me fortalece saber que hay sensibilidad compartida. Un abrazo
Hermosa nota.
Le desconfiaba a Milo J. Pero lo escuché y es eso que se describe.
Gracias