Por Gustavo Zapata*
¿Por qué escribe uno? Porque cree ver o efectivamente descubre un patrón, una constante, un mapa. Se ilusiona con registrar algo que parece coincidencia y no lo es.
Por ejemplo, verificar en la historia de un país, la adoración anual por las vacas y otros animales de granjas en Expo Agro, la rural u otras ferias lujosas, mientras otras naciones, exponen los logros de su inteligencia colectiva, la ciencia que producen sus sabias y sabios: su conocimiento.
Nunca entendí por qué, por ej.: una exposición en una escuela técnica no tiene todo el apoyo en recursos de los gobiernos locales. Allí donde se prueban los cerebros jóvenes combinados haciendo los palotes avanzados de tecnología, cuando presentan las síntesis prácticas de sus primeras armas y pueden identificarse recursos para futuros emprendimientos.
Es como celebrar y entusiasmar las mentes que pueden perfeccionarse en universidades mecenadas (sostenidas, patrocinadas) por el Estado. O de modo más pedestre, plantear problemas de gestión pública para buscar ideas entre los jóvenes que aún no han sido contaminados por la exigencia de la supervivencia y la costumbre.
Pues bien, volviendo a la prosternación (reverencia) por los vacunos, ver a nuestros políticos y nuestras políticas rendir pleitesía a los ricos y no tan famosos, pero poderosos propietarios de las mieses y el dólar, en una población crecientemente alimentada por arroz, polenta o fideos (con suerte algo de alitas de pollo…), es por lo menos, penoso.
Que lo hagan los mercenarios y mercenarias que defienden el libre mercado, son de la misma calaña que los explotadores/as que se apropiaron de la tierra que todos necesitan y socializan sus pérdidas con subsidios y deudas licuadas.
Una sociedad se desarrolla con industria. Eso genera trabajo. Promueve el consumo, el comercio y movimiento social, distribución de ingresos. Se requiere planificación de los nichos del mercado mundial, de las posibilidades de intercambio con pueblos vecinos y de la provisión de lo necesario localmente, procesando hasta lo posible lo que producimos en la tierra.
¿Cuándo perdimos estas conclusiones básicas?
Mientras tanto, conduce un vendedor de tónicos de feria, que habla difícil e insulta fácil, que ama más a los perros que a la gente, que cohabita con su hermana, odia a su madre y a su padre, no tiene hijos, ni hijas, ni responsabilidades más allá de juntar dólares y asegurarse el exilio dorado.
Esto es lo que elegimos como líder nacional: un mercenario que hizo carrera como parásito financiero y jugador de estafas piramidales o cripto monedas, que es producir dinero con nada y llevárselo antes que se aviven.
Ese señor es quien promete llevarnos a Irlanda, Alemania o adonde sueñen los que detestan a su patria, historia y pueblo, por el camino de Sudan, Yugoslavia o Gaza.
Alguna vez deberemos dar cuenta de nuestra responsabilidad al soportar o sostener este suicidio social que busca terminar lo que se empezó al bombardear la Plaza de Mayo en 1955 con aviones Avro Lincoln y Catalina de nuestra propia armada.
Nosotros estuvimos en la calle, las dos CTA, el Frente Sindical, la CGT y Organizaciones Sociales, cada vez que fue necesario. Contra opiniones mayoritarias, hicimos 4 (cuatro) paros generales.
Alzamos las banderas y reclamos por todas las injusticias reconocidas. Y seguiremos organizando la bronca para canalizarla en columna pacífica pero firme y con ideas propositivas.
Nunca golpistas, elaboramos un programa de lxs trabajadorxs con 10 puntos que van desde qué hacer con la deuda hasta plantear herramientas de desarrollo con justicia social.
Que cada uno/a revea su conciencia y su accionar.
Y a unir lo disperso para reconstruir lo indispensable.
* Gustavo Zapata
Secretario General de CTA
Morón –Hurlingam –Ituzaingó
Imagen collage editada por Ana Bragaccini con apoyo de IA.






«Todavía me emocionan ciertas cosas»
Coincido con este texto de Gustavo, la organización es un pilar necesario para reconstruir lo que queda de este gobierno corrupto y despiadado.
La fascinación por las vacas y no por la tecnología explica la tendencia de los industriales, no importa el tamaño, a comprar campos y asociarse a la Rural ante el primer éxito en sus fábricas.
Estamos tan colonizados mentalmente que creemos de veras que «todos somos el campo».
Recuerdo la anécdota narrada por Arturo Jauretche: un linyera, parado frente a la Rural, al ver la entrada de autos lujosos y ganado del mejor, exclama admirado «que gran país tenemos!»