Por Cristian Tauil
Por estos días, los medios masivos de «incomunicación”, han puesto el foco en la corrupción del gobierno nacional.
Se cuestiona el nivel de gastos de “figuras estrellas” como Manuel Adorni, cuyas compras abultadas parecen no coincidir con sus declaraciones juradas. Paralelamente, se especula sobre el rol de Patricia Bullrich y su proyección como posible sucesora de Milei hacia 2027, mientras los medios presentan sus alternativas con una brutalidad que polariza el debate.
A modo de ejemplo, en el programa “Duro de Domar”, la discusión giraba en torno a si Bullrich es una figura «violenta». Un panelista llegó a definirla como una «mujer de la democracia». Es cierto: es una mujer de esta democracia neoliberal. Pero el argumento se vuelve ingenuo cuando se intenta reducir la violencia a su pasado en organizaciones político-militares de los años 70, como Montoneros, ignorando el presente.
La verdadera violencia de Bullrich no reside en su juventud, sino en su gestión actual. Es parte de un gobierno que hace apología de la desigualdad, que desprecia la justicia social, que vulnera sistemáticamente los derechos humanos y que se expresa con un sesgo misógino y sexista, rayano en la apología de la violación.
Como estudiante de Derecho analizo esto con otros lentes. El delito requiere una acción típica, antijurídica y culpable. Bajo esta premisa, es un error conceptual tildar de «delictiva» la resistencia de los 70 sin considerar el contexto institucional. El General San Martín decía que «cuando la patria está en peligro, es lícito defenderla» y nuestra propia Constitución (Art. 21 y 36) reconoce el deber de defender la soberanía y el derecho de resistencia ante actos de fuerza que interrumpan el orden democrático.
Vale destacar, Montoneros nunca practicó la lucha armada durante etapas donde había presidentes elegidos por el voto popular.
Si aplicamos el rigor técnico, la lucha armada de aquel entonces no puede ser juzgada bajo los mismos parámetros que las políticas de exclusión actuales. Mientras que la resistencia histórica fue una respuesta a un proceso que inició con bombardeos y asesinatos, la violencia actual se ejerce desde el poder del Estado contra las mayorías. (Las y los trabajadores, los feminismos, las discapacidades, la salud pública, los derechos humanos, las niñeces, los pueblos originarios).
Lo que hoy vemos es un programa de capitalismo salvaje que, por omisión y por acción, excluye y desprotege a la sociedad. La verdadera peligrosidad no está en la historia, sino en las políticas que hoy se ejecutan contra el pueblo.



